Revista XXIV No. 4 de 2017

Cinco Claves para poner la ciencia y el conocimiento en boca de todos

Cinco Claves para poner la ciencia y el conocimiento en boca de todos

Cinco Claves para poner la ciencia y el conocimiento en boca de todos

Por Ricardo Sarmiento-Devia, Carlos Díez, Luis Orosco.

 


Hacer ciencia es un principio fundamental en la vida humana. Desde que nacemos, instintivamente cuestionamos todo lo que pasa a nuestro alrededor y con nosotros mismos, recolectamos información, generamos explicaciones para poder entender aquello que observamos y luego confrontamos nuestros hallazgos con aquellos que están más cerca de nosotros. Inclusive, cuando nuestros semejantes o nuestra propia experiencia nos han permitido confirmar nuestros hallazgos, utilizamos lo aprendido para modificar nuestra realidad en beneficio propio o de nuestra comunidad.

Sin embargo, unos pocos hemos tenido el privilegio de poder dedicar parte de nuestras vidas a la actividad científica, en alguna o varias de sus etapas: gestión del conocimiento, formulación-ejecución de proyectos de investigación, promoción-divulgación del conocimiento, aplicación directa y vinculación en los ámbitos productivos, estatales y civiles. No se puede ocultar que ese privilegio depende del acceso a recursos para la formación de los científicos o para el financiamiento de sus iniciativas. Se dice que alrededor del 30% de la población tiene la oportunidad de estudiar una carrera profesional. En el mismo sentido, menos del 1% llega a cursar programas de maestría o doctorado. Peor aún, todavía no es claro cuántos de los profesionales con formación de postgrado presentes en el país cuentan con financiamiento para el desarrollo de actividades científicas o, al menos, están vinculados laboralmente al sector productivo o a la academia. Vale la pena revisar las cifras. Ver, por ejemplo

http://www.mineducacion.gov.co/1759/articles-359643_recurso.pdf

 

¿Quiénes? y ¿en qué estamos fallando?

A partir de los recortes presupuestarios para los programas de Ciencia y Tecnología en Estados Unidos durante la actual administración, el movimiento “March for Science” (en el que ACAC también fue partícipe junto con varias otras organizaciones en Colombia) le dio nombre común a la inquietud tradicional de los investigadores del mundo: el abandono de los gobiernos a la actividad científica, y el desconocimiento de la mayoría de los gobernantes del conocimiento como una herramienta fundamental para el desarrollo de la sociedad humana y la solución a las problemáticas que nos aquejan. En Colombia, la realidad no es muy distinta. Por el contrario, a veces pareciera que no es viable dedicarse a la ciencia en este país.

Año a año, los presupuestos para educación, ciencia y tecnología son más acotados y los mecanismos para acceder a estos recursos parecieran ser más complicados. Por supuesto, es preciso reconocer que el país está lleno de necesidades que tienen prioridad. También, es claro que los recursos disponibles para ciencia y tecnología son reducidos y, por tanto, deben ser dirigidos a las áreas prioritarias. A su vez, las instituciones encargadas deben estar suficientemente dotadas y capacitadas para desarrollar tales investigaciones. Pero, también debemos reconocer que quienes definen esas prioridades responden a las inquietudes que manifiesta la sociedad a través de sus indicadores de opinión, de los puntos de encuentro de los sectores productivos (gremios, consejos y sociedades) y de los compromisos internacionales que asume el país de acuerdo con sus objetivos de desarrollo.

Para que las personas se interesen por algo, deben conocerlo y comprender cómo se relaciona con su estilo de vida. En general, ¿las personas de nuestro país saben qué hace un científico? Probablemente no.

Cuando se habla de ciencia, la mayoría de las personas imagina personas solitarias encerradas en un laboratorio, en una biblioteca o en un salón de clases, con una bata blanca, un par de lentes muy gruesos, hablando de cosas que no les interesan o que no tienen que nada que ver con su estilo de vida. En ese mismo sentido, cuando se les pregunta ¿qué quieres ser cuando seas grande?, pocos niños responden: quisiera ser científico. Por su parte, dentro de los sectores productivos y en los sectores de la sociedad donde la mayoría de las personas cuenta con formación profesional, se clasifica al científico como una persona que produce artículos y manuscritos sin ningún sentido y sin ninguna pertenencia con la realidad.

Para cambiar estos escenarios es preciso que muchas más personas en la sociedad entiendan qué hacemos, y por qué es importante. Ese valor va más allá de la belleza misma del conocimiento o de las cosas y procesos que estudiamos. Ese valor consiste en el servicio que el conocimiento, y nosotros como sus gestores le prestamos al país y a sus habitantes. Por tanto, es nuestra responsabilidad darle el valor al conocimiento y a la actividad científica, mediante la constante transmisión del conocimiento y de nuestra actividad. Queridos amigos científicos: ¿estamos cumpliendo con esa misión? ¿Qué tan responsables somos los mismos científicos por la falta de reconocimiento del resto de la sociedad hacia nuestra actividad?

En la actualidad, ¿cuánto tiempo de nuestra rutina diaria dedicamos a transmitir o enseñar lo que hacemos las personas que nos dedicamos a la actividad científica? Generalmente, ni siquiera nuestras familias comprenden bien de qué se trata nuestro trabajo, mucho menos escribimos para medios de difusión o prensa general, aun cuando los temas que aborda nuestra investigación estén “de moda”. Por hábito, costumbre, falta de formación o simplemente porque no tiene ningún valor para nuestro currículum, la mayoría de los investigadores no publicamos en medios de difusión masiva, como periódicos, revistas o portales web de noticias. Les dejamos esa tarea, casi en su totalidad, a periodistas que con su mejor intención tratan de traducir los complejos y técnicos temas que les enviamos, en historias llamativas para las personas que los leen. Luego, nos quejamos de la falta de precisión, sesgo o certidumbre de los amigos periodistas.

 

Y entonces, ¿por dónde podemos empezar? Aquí algunas claves

  1. Dejemos que la ciencia deje ser un trabajo y que entre a nuestras vidas. Tratemos de explicarle a nuestras familias el trabajo que hacemos, por qué es importante y por qué podría contribuir a mejorar el país; pero también, contémosles de manera sencilla las limitaciones con las que debemos lidiar cada día. Sería ideal si nuestro relato se conecta con la noticia del día.
  2. Promovamos la difusión y la divulgación del conocimiento. Si somos directores de tesis o jefes de grupo, exijamos a nuestros estudiantes que, como producto de su trabajo de grado, seminario o pasantía, desarrollen al menos un producto de difusión científica (artículo de divulgación, blog, video-editorial, curso virtual, foro, charla escolar, etc.) donde expongan a la sociedad los alcances y la importancia de su investigación, y de todas las demás personas que trabajan en esa temática. Existen infinidad de espacios para publicar estos productos de forma totalmente gratuita, incluida esta revista.
  3. Formemos capacidades para la difusión del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Si somos decanos, jefes de carrera o directores de investigación, es hora de incluir en los programas académicos, especialmente en los postgrados dirigidos al quehacer científico, la formación en herramientas para la difusión del conocimiento: escritura de artículos de difusión, expresión oral, desarrollo de contenidos didácticos, generación de contenidos para redes sociales, etc. Los profesionales dedicados a la investigación científica necesitan con urgencia contar con la capacidad de difundir asertivamente el conocimiento que se genera todos los días en sus laboratorios. Esa capacidad debe ser cultivada y desarrollada en ellos antes de que salgan de las aulas de clase, no después, cuando no tengan ni el tiempo ni la energía para dedicarse a esta práctica. El sistema de créditos académicos permite la interacción de las diferentes áreas de la educación: aprovechémoslo.
  4. Conectémonos con la sociedad. Twitter, Facebook, Instagram o WhatsApp son herramientas creadas para conectar a la sociedad alrededor de sus necesidades, inquietudes, y progresos. Usemos estos espacios para conectarnos, y a nuestro grupo de trabajo, con todos los colegas que en el país y alrededor del mundo que trabajan en nuestra área de investigación, y para difundir las oportunidades que aparecen para impulsar la ciencia, así como los avances que se hacen cada día en nuestra temática de investigación.
  5. Involucrémonos. La historia de nuestro país ha girado en torno a conflictos entre élites socioeconómicas y grupos que han tratado de proteger los derechos de la mayoría. Ambas partes se han equivocado muchas veces. Entre muchas de las consecuencias, la actividad científica y el conocimiento han sido relegados o apartados de muchos espacios y lugares, unas veces por falta de recursos económicos e infraestructura, y otras por simple incapacidad para acceder y conocer partes de nuestro territorio. Pero, y a pesar de todo, las cosas están cambiando. Siempre existe la posibilidad de que, con estas nuevas realidades, los investigadores del país puedan acceder a todo aquello que antes les fue negado. Para eso es necesario estar bien organizados y representados. Cada profesional debe estar vinculado al menos a su propia sociedad científica e idealmente, con todas aquellas organizaciones afines con su quehacer. Desde esta revista, invitamos especialmente a todos los profesionales graduados y estudiantes a vincularse a la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, y desde allí aprovechar los espacios que se están desarrollando para impulsar el desarrollo del país con base en el conocimiento.

Una sociedad de científicos organizada podría retomar su lugar como asesor de las decisiones gubernamentales, al tiempo que puede garantizar la disposición de los recursos necesarios para hacer viable su actividad.

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