Coaching experiencial de equipos. El caso de Blanca Nieves

Coaching experiencial de equipos. El caso de Blanca Nieves

Carreño reflexiona sobre la “naturaleza y función del equipo de trabajo”, deconstruyendo todo supuesto. En primer lugar, sostiene que el carácter de equipo depende de la unidad del grupo, cuyo fundamento no es la especialización, sino la humanidad. Antes que un agregado de individuos en pro de un objetivo, la vida del grupo supone la condición de ser, es decir, lo humano como núcleo. La cualidad primaria del grupo es el ser, que se moviliza a partir de la organización de las personas que lo componen; orden que garantiza un horizonte compartido, un punto de mira que cada parte del todo lleva consigo.

 

La organización es, pues, un elemento inherente al grupo, toda vez que cada individuo, a partir de su tarea singular, lo constituye y lo sostiene. Ahora bien, la división de tareas se da sobre la base de la confianza; el grupo deposita confianza en cada persona y ésta, a su vez, se juega cada parte de sí con la convicción moral de que lleva al grupo en su actuar y pensar. La responsabilidad no la asume cada individuo frente a sí mismo; la responsabilidad es un espejo, donde la parte (persona) refleja al todo (el grupo).

 

Ahora bien, el autor retoma la idea central del espíritu político legado por Hobbes y Rousseau, esto es: el grupo que describimos es un cuerpo unificado de pequeñas libertades individuales. Como si de un contrato se tratara, cada miembro dona un poco de su libertad para alimentar las metas comunes; metas que se vivifican tanto en el fuero privado como en el público. En palabras del autor, hablamos de la “disciplina” como el proceso mediante el cual el individuo dona libertad al grupo con el objetivo de ganar sentido para sí y, por extensión, para el grupo mediante la meta común.

 

Hasta aquí, el autor caracteriza las capas profundas que yacen bajo la naturalización del término “grupo”, en lo que sigue, éste aparece en el mundo de la vida desde su actividad propia. El “efecto sinergia”, cuyo fundamento es la toma de decisión y la actuación con base en ella, plantea que el éxito de los resultados que emprende un grupo está condicionado por la relación dialéctica entre “recursos humanos (personas)… y el proceso (organización)”. En otras palabras: el potencial que está en acto en cada individuo despierta, emerge, a partir del reconocimiento en un grupo organizado que delimita un camino compartido para transitar; el camino hacia la meta común.

 

Ahora sí, en sentido estricto, hablamos del equipo de trabajo. Sin las ideas precedentes no podríamos pensar en la noción de “espíritu de equipo”, la cual lejos de todo halo metafísico, señala el modo de ser en que se mueve todo trabajo humano; trabajo consciente e intencional, erigido sobre funciones individuales responsables pero orientado desde mínimos comunes que permiten la organización y el encuentro de un cuerpo unificado libre del azar y del subjetivismo. El espíritu de equipo así pensado aparece como una concepción amplia en términos de la conservación y promoción de nuevos desarrollos de la cultura, en general, y de toda actividad humana, en particular, sea ésta especializada o no.

 

El texto de Carreño permite pensar la idea y praxis del grupo-equipo desde las relaciones humanas en clave utilitarista, es decir, el éxito y/o la felicidad individual están anclados a la felicidad y al bien común; ponderamos nuestra actuación en el marco de la mayoría. Tenemos ante nosotros una perspectiva de transformación social mediante una formación moral consciente del valor absoluto del otro. Es un proyecto que dona vitalidad, aunque por momentos se pierde en las lógicas enajenadoras de la eficiencia y la administración.

 

A pesar de ello, mi esfuerzo se concentró es la estructura íntima que conecta lo humano, más allá del carácter funcional fundado en el neoliberalismo, los intereses capitalistas y, en fin, el estado de suspensión-cognitariado en que degeneran las asociaciones humanas por vía de conceptos como organización y exigencia.

 

 

El caso de Blanca Nieves

 

Sin perder de vista las ideas precedentes, dirijamos la mirada hacia Blanca Nieves. En términos descriptivos, el caso nos dice que Blanca Nieves salió en malos términos de la casa de los enanitos porque se había enamorado del príncipe, pero se cansó pronto de él y quiso regresar con aquellos.

 

Las preguntas que surgen son: ¿qué discurso debe concebir Blanca Nieves para que sea aceptada de nuevo? ¿Qué elementos tendrán en cuenta los enanitos para decidir? Para elaborar un análisis de este caso es menester, en primer lugar, hacer explícito el marco en el que se moverá nuestro análisis, a saber: una perspectiva grupal.

 

En segundo lugar, es necesario que enunciemos las partes del todo a analizar que, por extensión, equivalen, a primera vista, a un grupo. ¿Son un grupo-equipo? Esa es la cuestión que atravesará este ejercicio. Blanca Nieves, los enanitos y el príncipe son los ejes de análisis. Blanca Nieves es el núcleo de la discusión, toda vez que las dos decisiones tomadas pasan por su poderío. El móvil que determina las decisiones de Blanca Nieves es el narcisismo.

 

De esta manera, podríamos estar tentados a sostener que el amor es la causa de la salida de la casa de los enanitos, pero con ello omitiríamos dos hechos: un amor efímero, vinculado a la satisfacción personal; y la salida de la casa de los enanitos en malos términos. Si hubiese sido el amor el determinante de la actuación de Blanca Nieves, no tendríamos que buscar palabras para que los enanitos la recibieran, esto último porque el amor unifica antes que fragmenta. El amor auténtico consolida lazos humanos y no los rompe.  1 Stuart Mill, el utilitarismo.

 

Sostengo, pues, que Blanca Nieves es narcisista al objetivar al otro para sus beneficios personales. Tanto los enanitos como el príncipe son vividos por nuestra protagonista; sea para el bienestar y la seguridad que otorga el hogar, sea para la compañía y la veneración del amor. Vividos pero desechados cuando de su uso no depende la vida.

 

Estas ideas apenas enunciadas, vistas desde la perspectiva de grupo, nos dejan frente a la antítesis del espíritu de equipo. En éste todos los individuos son fines en sí mismos y no medios. Blanca Nieves tiene como grupo-equipo existencial al Príncipe y a los enanitos, sin embargo, no le otorga el valor absoluto correspondiente a su existencia. Equipo y grupo ficcional; núcleo carente de sinergia. Los enanitos y el príncipe son elementos dependientes de Blanca Nieves; no dialogan, pues, entre sí. El fluir con sentido de aquellos elementos necesita de un horizonte en el que se integren sus funciones, es decir, en el que puedan pervivir aún sin la sombra de Blanca Nieves. Pero ésta no los concibe como partes auténticas de su vida, sino como momentos efímeros e instrumentales, cuyas evidencias apenas y se pueden sospechar: Blanca Nieves es la primera persona, los enanitos y el príncipe su correlato.

 

No hay pues interconexión que permita afirmar que la vida compartida entre nuestros protagonistas es una vida de reconocimiento en el (desde) otro, elementos estos inherentes a la condición ontológica del grupo-equipo. ¿Entonces cómo construir un discurso desde la perspectiva de Blanca Nieves que dé lugar nuevamente a su recibimiento en casa de los enanitos? La pregunta que cierra la historia acaso no pueda obtener una respuesta “convincente” desde la perspectiva de los enanitos. ¿Elaborar un discurso para subsanar una actuación libre? ¿Pero si cuando se trata de juzgar moralmente a un individuo es la actuación el juez por antonomasia, toda vez que en ella ya está contenido el principio racional y, por lo tanto, el papel de lo humano? ¿Discurso? El regreso de Blanca Nieves a la casa de los enanitos no depende entonces de la retórica, sino de un proceso existencial donde las personas que integran su vida se comprendan como parte de un todo cuya expresión es la humanidad de cada individuo, es decir, hacerle el “feo” o “abandonar” a una persona que toca y señala la propia vida, es atentar contra sí mismo.

 

Propongo así que Blanca Nieves debe reformular su idea de mundo compartido desde los principios arriba enunciados a propósito del grupo-equipo. Esto es: el establecimiento de metas comunes, las funciones divididas, la identidad alcanzada mediante el orden, la responsabilidad y la exigencia. En última instancia hablamos aquí de que es menester que Blanca Nieves conquiste su existencia mediante la conquista del equipo humano que circunda tal posibilidad. Solo a estas alturas es posible, quizá, que los enanitos abran de nuevo las puertas de su hogar, pues ahora son capaces de renunciar a un poco de libertad y sentido vital en virtud de un proyecto superior: la vida en familia o la naturaleza del equipo, susceptible de actualización, pero ya no de aniquilación.

Por: Marisol García Reinoso


Autor:

Global ISEE SAS
proyectosbogota@educacionisee.org

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