Revista XXVI No. 1 de 2019

Saber & Conflicto” o “Saber y Paz”

Saber & Conflicto” o “Saber y Paz”

Por: José Luis Villaveces Cardoso


Para poder hacer las cosas hay que saber hacerlas. 
El problema no está en que nos dejen o no nos dejen hacer lo que queramos. El problema está en que no sabemos hacerlo. 

El conflicto se mantendrá mientras Colombia mantenga los niveles de ignorancia e incompetencia colectiva en que se halla sumida. 

 

Preámbulo: Conflicto y Exclusión o Conflicto e Impotencia. 
Una de las causas principales del conflicto que aqueja a Colombia, radica en la forma esencialmente excluyente en que se estructuró la sociedad colombiana. 

Esta tesis de la exclusión no es novedosa. Muchos estudiosos han encontrado que la violencia se originó o consolidó, debido a que la mayoría de actores de nuestra sociedad han sido objeto de metódica exclusión de la posibilidad de tomar decisiones, o de la impotencia sistemática para intervenir directamente en los asuntos que les conciernen o los afectan. 

De esta manera generadores o detonantes de la violencia han sido, la exclusión o la impotencia causadas por el centralismo, el machismo, el racismo, la plutocracia, el catolicismo, el sexismo, la organización territorial y/o el Frente Nacional. 

La cultura de la exclusión es tan fuerte, que rige las conversaciones de paz. Ya no son los jefes de los partidos tradicionales, quienes se reúnen a puerta cerrada para decidir solos por toda la nación silenciosa y sumisa. Ahora son el Jefe del Gobierno o sus representantes y los dirigentes de la guerrilla, los que se reúnen a puerta cerrada a decidir solos por toda la nación. Aunque los actores hayan cambiado, el esquema es el mismo y la violencia se mantendrá. 

Para lograr la paz se necesita romper la tradición excluyente y dar entrada masiva a la sociedad civil, para que pueda participar directamente en la toma de las decisiones que les interesan o competen. 

La mejoría de nuestros niveles de conocimiento es condición necesaria para la paz. 

Parece importante hacer en este punto una aclaración. No estoy afirmando que la educación para mejorar el nivel  de conocimiento de una sociedad, sea condición suficiente para evitar la guerra. Bastantes contraejemplos a est afirmación encontramos en la historia, como para no abundar en ello. Afirmo que dicha mejoría es condición necesaria, lo cual es completamente distinto; pues sin ella podemos estar seguros de no salir de conflicto o de recaer en él, si alguna conjunción afortunada de hechos condujera al poco probable y muy deseado armisticio general. 

Una política de paz que no apunta al blanco. 

Esto nos trae a la política de paz. La de Alberto Lleras, la de Belisario o la de Andrés Pastrana. Da lo mismo. Todas apuntan a lo inmediato pero no a lo esencial. A un cese del fuego y una *Edición condensada del título SABER Y PODER, con que el autor, profesor de la Facultad de CIencias de la Universidad Nacional de Colombia, participó en el tomo monográfico Saber & Conflicto, publicado por la misma Universidad como N°0 de TRANS, Revista de Cultura de la Sede Bogotá, y que gustosos y agradecidos recibimos por la vía del canje. 

Desmovilización, después de los cuales se mantienen las mismas condiciones de impotencia para lograr el bienestar: poder hacer lo que necesitamos y lo que ambicionamos, lo que consideramos imprescindible, conveniente o deseable. Pero el problema ni siquiera es de equidad. El problema es de falta de capacitación. 

En cuanto a la exclusión, su origen no está sólo en las exclusiones armadas por la cultura, por la política o por la fuerza; sino que reside principalmente en las exclusiones generadas por la ignorancia, por la insuficiente capacitación para la innovación, por la falta de capacitación para actuar racionalmente, por el desconocimiento del medio natural y social. Por la escasa medida en que hemos asimilado el bagaje cultural de la humanidad, por la brecha que se abre cada vez más entre las naciones con alto contenido tecnológico y nuestra chapucera forma de hacer las cosas. 

Pero el hecho más grave es que ni siquiera la reducidísima minoría, que no ha padecido exclusiones culturales ni políticas, está preparada para la acción eficaz; los pocos bogotanos varones, blancos, adinerados, católicos, neterosexuales, etc. , que a lo largo de nuestra historia han tenido el derecho de tomar las decisiones, tampoco han alcanzado niveles altos de conocimiento y por eso sólo han logrado armar simulacros endebles. Las industrias construidas por ellos son inadecuadas para la sociedad del conocimiento, para la sociedad globalizada que se inicia; como lo son su manejo del agro y las instituciones sociales que construyeron. Su ínfima competitividad, su incapacidad de innovación, el mínimo nivel de conocimiento que incorporan, nos dejan de entrada al margen de la historia; como nos deja la extraña convicción que tienen nuestros empresarios, de que pueden competir en una economía global, comprando las fórmulas a los competidores y sin producir innovación propia. 

Por esto no es extraño, aunque sí fatal, que se impulse una política de paz que apunta al cese de hostilidades, pero no a las causas estructurales de la exclusión, en particular a la incompetencia generalizada para el manejo del país.  

¿Cuál educación?
Podría decirse que mi argumentación es exagerada y evidentemente lo es. Al fin y al cabo, sí se han hecho enormes esfuerzos en pro de la educación. Para comenzar, el Plan de Desarrollo de Andrés Pastrana le dedica todo un capítulo y la vincula con la paz y el desarrollo social; y a lo largo de la historia son muchas las acciones de origen estatal y privado que han apoyado la educación. Desafortunadamente, la mayoría de esas acciones confirman, más que refutan mis afirmaciones. 

Sin duda, se hacen grandes declaraciones sobre el valor de la educación, y los presupuestos invertidos en ella son apreciables y han crecido mucho en los últimos años, como ha crecido mucho la inversión privada que en educación hacen las familias. Pagados por el Estado 300.000 docentes en educación básica y un número desconocido de ellos en la educación privada, sumados los 75.568 docentes universitarios registrados en 1996, son un contingente sumamente costoso. Bastante más del 1% de los colombianos está dedicado profesionalmente a formar la nueva generación y es pagado por todos los demás. En términos reales la inversión en educación superior, tanto de origen oficial como privado, ha aumentado progresivamente en los últimos 30 años, en forma pareja al aumento de estudiantes e instituciones; pero lo real es que no podemos decir, que nuestra capacitación para manejar nuestros problemas haya aumentado en forma proporcional. 

Quizá el mayor problema es que, a pesar de todo, tiende a mantenerse el mismo esquema educativo que predominó a lo largo del siglo que acaba este años 2000 y que nos ha conducido a la incompetencia descrita. Nuestra educación sigue siendo esencialmente de cartón, es decir, se adelanta la escolaridad en busca del cartón, entendiendo este como un requisito para acceder a un puesto. No se busca en la educación la fuente de capacitación real para hacer las cosas y en buena medida, el esquema educativo que tenemos no genera esta capacitación. 

Este esquema es bien entendido por adolescentes. Por eso la actitud prevaleciente, es la que forma el saber nacer, a partir de lo que se aprende en la calle, en la televisión, con los amigos, en la familia, en el trabajo, y no lo que se aprende escolarizado. La inmersa mayoría de los colombianos desconoce por completo la química o la física, a pesar de las horas que pasaron en bachillerato, aprendiendo fórmulas vacías que les presentaron como si fueran estas ciencias; y por eso al enfrentarse a los alimentos, a las medicinas, a las distintas sustancias, a la combustión, a las fuerzas y energías, a las máquinas, a la necesidad de hacer trabajo, dependen de un pobre saber empírico, y con frecuencia caen fórmulas mágicas de condena a todo lo artificial o a los “químicos”; fórmulas de dudoso retorno a una naturaleza desconocida. 

Tristemente, muchos de nuestros dirigentes permanecen toda la vida con esas ideas, derivadas del torpe esquema de educación que padecieron en la escuela, y por eso es frecuente escuchar a Directores de Planeación Nacional, a Ministros, a empresarios, a rectores de universidad y a muchos otros que toman decisiones en el país, que no necesitamos conocimientos básicos, que necesitamos saber “aplicado”; con lo cual se quiere decir que debemos actuar sin pensar, defendiendo este modo infrahumano de vida como el más útil, a pesar de la catástrofe en que vive nuestra nación después de años de ser manejada así.

Es claro para adolescentes y dirigentes, y no para los docentes, que pasar muchas horas en las aulas, no conduce necesariamente a la capacitación para hacernos cargo de nuestra vida. Escolaridad no es lo mismo que potenciación, y si necesitamos la educación es para esto. Pero para que la educación lleve de verdad a aumentar nuestras capacidades de vivir, de producir lo que necesitamos y de aprender a relacionarnos entre nosotros y con el medio ambiente, es indispensable un cambio a fondo en la concepción y en el manejo que se le da en Colombia; cambio que debe comenzar por una transformación importante en las personas que la imparten, en las reglas del juego por las que se rige y en todos los objetos que se buscan con ella. 

Además, este cambio no tiene nada de extraño ni de misterioso. La dirección en la cual debe realizarse es clara: se educa para aprender. Para aprender a vivir, a producir, a divertirse, a relacionarse. No para tener cartones, ni certificados para laboral, ni títulos productores de renta. 

Coda a propósito del saber “aplicador” 
Condición necesaria para que el conflicto tenga final y emprendamos la construcción de la nación en paz, es la de una excelente universidad imbuida de un ethos investigativo de alto nivel, con calidad internacional y relevancia nacional; es decir, excelentes entidades constructoras de conocimiento racional.

Desafortunadamente, no se ve que el futuro cercano vaya a traer dicha universidad. No la está impulsando el Gobierno desde su Plan de Desarrollo, a pesar de las bonitas declaraciones en pro de las “carreras estratégicas”, que no se concretan presupuestalmente; como tampoco se concreta el apoyo prioritario que se declara para las maestrías y doctorados y, en cambio, sí se convierte a Colciencias en una entidad de apoyo financiero a la industria, poco más que una Subdivisión del Instituto de Fomento Industrial - IFI, cuando se produce el brutal recorte de su presupuesto; hecho que viene a agravar el ya atroz cambio de política respecto al Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología, en el sentido de disminuir el apoyo a las ciencias básicas y sociales, fundamentales para la estructuración de la nación y la consolidación de la paz. 

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