Revista XXVIII No. 4 de 2018

#ManglArte: Manglares del Caribe sur como un sistema emergente

#ManglArte: Manglares del Caribe sur como un sistema emergente

#ManglArte: Manglares del Caribe sur como un sistema emergente

 

Autores

Juan Felipe Blanco-Libreros, Ph. D.

Profesor Titular

Instituto de Biología

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales

Universidad de Antioquia

juan.blanco@udea.edu.co

www.mangleblanco.com

 

Alejandro Valencia-Tobón, Ph. D.

Departamento de Ciencias Biológicas

Escuela de Ciencias

Universidad Eafit

avalenciat@eafit.edu.co

www.alejandrovalenciat.com

 

Resumen

Los manglares, “selvas del mar”, pueden ser entendidos como una relación multidimensional y multiespecie —entre el mar, la costa, los ríos, las especies que lo habitan, los humanos, el territorio, y los sistemas de comunicación en internet que conforman la Tecnosfera—. Proponemos que no deben ser vistos únicamente como un objeto de análisis biológico, o como un sujeto de estudio en función de la percepción humana. Invitamos a pensar en los manglares como un sistema emergente cuya totalidad es mayor que la suma de las propiedades aisladas de sus partes. Esto permitirá reconocer y apreciar un ecosistema costero vital para la sobrevivencia de múltiples especies.

 


 

Introducción al problema: dimensión biológica, humanista y relacional

Desde una perspectiva biológica, materialista o científica, el manglar es normalmente abordado como un “objeto” que existe de forma independiente con respecto a la percepción humana. Es decir, no es necesariamente relevante para un biólogo entender lo que un humano piensa del manglar, porque el objeto (el manglar) no está siendo estudiado con ese fin (1).

Por otro lado, podríamos pensar que, desde las humanidades, las ciencias sociales o las artes, el manglar ha sido entendido en función de la percepción humana. En esta segunda aproximación importan los individuos y los grupos sociales que se adaptan a diversas circunstancias ambientales y quienes son sujeto de presiones externas asociadas con cambios políticos y económicos (2).

Sin embargo, queremos sugerir un vínculo más complejo: el manglar puede ser entendido como una experiencia relacional que implica diversas formas de contacto entre agentes humanos y no-humanos. Esta posición genera puntos de conexión entre la aproximación netamente biológica hacia el manglar (primer enfoque) y la percepción del mismo (segundo enfoque), para sugerir que los manglares de todo el mundo son un sistema emergente. Este concepto quiere decir que los manglares no existen dentro de un vacío perceptual y, por tanto, ellos no son ni un sujeto ni un objeto, sino que son una relación entre múltiples agentes en diversos niveles de organización.

Pensar en un sistema emergente implica que para entender los manglares es tan importante considerar el estudio biológico llevado a cabo por un ecólogo, como la multiplicidad de capas sociales reveladas por el análisis de los antropólogos y la misma experiencia de los habitantes. Además, dentro de las relaciones entre todos estos agentes, los manglares están pasando a ser un ecosistema que hace parte de transacciones comerciales, diálogos políticos y discusiones culturales a raíz de su incorporación dentro de los mecanismos de compensación de emisiones de gases efecto invernadero —esto se dio principalmente a partir de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático en 2015 y de iniciativas internacionales como Global Mangrove Alliance (ver www.mangrovealliance.org)—. Lo anterior complementa otras posiciones académicas como la idea de sistemas socio-ecológicos (3), la economía verde (4) y, más recientemente, las “contribuciones de la naturaleza a la humanidad” (5).

Nuestro argumento se hace más evidente si pensamos que el manglar, como cualquier otro ecosistema, ahora es visto a través del “macroscopio”, particularmente en la era de las fotografías aéreas y las imágenes satelitales (figura 1). Esto es, pensar en la segunda revolución copernicana con relación al mapeo y la topografía continental como una forma de hacer visible información para soportar que la ecosfera está siendo impactada por la interferencia humana (6). Y ahora, si consideramos los sistemas de mapeo fácilmente accesibles en la web y participativos (e.g. OpenStreetMap), podríamos finalmente pensar que hay un nuevo dominio que emerge del mundo físico: el internet, las redes sociales, las aplicaciones y la telecomunicación global (i.e. la tecnosfera1) como un nuevo nivel de organización estructural y de fuerza de control autoconsciente, tal como lo anticipó Schellnhuber (6) y lo formalizaron recientemente Gaffney y Steffen (8). En esencia, en este texto usamos el manglar como un ejemplo entre muchos otros ecosistemas —como en su momento lo fueron los arrecifes coralinos, los bosques tropicales y las especies de fauna carismática usadas en la conservación— para sugerir que solo considerando simultáneamente múltiples niveles de organización estructural podríamos lograr una verdadera discusión interdisciplinar que desdibuje la frontera entre lo biológico, lo social, lo técnico, lo político y lo artístico.

 

Figura 1. Los manglares vistos a diferentes escalas espaciales y en diversos medios. a) y b) Acercamiento a la superficie del suelo donde se aprecian los sedimentos, las hojas de mangle y los caracoles. c) Vista frontal de varios árboles de mangle en los que se aprecia el complejo de raíces aéreas en forma de zancos. d), e) y f) Vistas oblicua y vertical tomadas desde un dron. g) vista vertical desde una avioneta. h) Manglares en la tecnosfera: Twitter.

Fuente: Juan F. Blanco-Libreros

 

La última vocal: el golfo de Urabá en el Caribe sur

Visto desde un satélite, el golfo de Urabá (Antioquia) se aprecia como una letra “u”, la cual es el producto de la unión de Suramérica y Centroamérica —gracias a la emergencia del istmo de Panamá, hace más de 3 millones de años (figura 2)—. A pesar de haber sido el territorio por donde entraron las expediciones europeas a inicios del siglo XVI, el golfo queda en el olvido del interés público (9). La “u” es la última vocal y esta parece ser una amarga ironía: solo hasta finales del siglo XX se presenta un interés manifiesto del Estado colombiano por la región del Golfo de Urabá (10). El desarrollo llega tarde y con consecuencias altamente destructivas en el aspecto ambiental, ejemplificando el fracaso en la implementación de las políticas públicas. Los manglares, a pesar de su extensión, son vestigios de selvas costeras del Golfo que han sido y continúan siendo ampliamente intervenidas. Por un lado, tenemos las grandes extensiones de cultivos de banano y, por otro, la ganadería, la extracción maderera y la ocupación urbana no planificada de la costa (10-12).

Figura 2. Modelo digital de elevación obtenido con radar satelital que muestra la forma de letra u que tiene el Golfo de Urabá (Caribe sur de Colombia), producto de la emergencia de dos serranías costeras, Darién y Abibe.

Nota: RCD: relieve costero del Darién; LCU: llanura costera de Urabá; PFM: planicie fluvio-marina del sur de Urabá.

Fuente: Iván D. Correa, Universidad EAFIT (1).

 

Ahora bien, si consideramos que los manglares en bocas del río Atrato ocupan alrededor de 3800 hectáreas en el costado occidental del Golfo, con una biomasa aérea de 160 toneladas por hectárea, podríamos también asumir que ellos representan una gran reserva de carbono (13). Por tanto, los manglares ayudan a atenuar el calentamiento atmosférico y ellos, como selvas tropicales, deberían ser incluidos dentro de la discusión del cambio climático. En otras palabras, el Golfo, la última vocal, debería repensarse como esencial para entender el lenguaje de la vida en la Tierra. Es la última, pero no por ello menos importante.

 

Manglares del Caribe sur como un sistema emergente

En este texto sugerimos pensar los manglares del Caribe sur2 como un sistema emergente. Siguiendo a Zachary Simpson (14) esta aproximación propone que la totalidad emergente de un sistema es mayor que la suma de sus partes y, por tanto, las propiedades de las totalidades son incalculables, dadas únicamente las propiedades de sus partes.

Para ilustrar el concepto anterior, podemos considerar la naturaleza de los manglares del Caribe sur vistos desde una avioneta (figura 3). Mientras vemos las imágenes, las concebimos solo como eso: imágenes. Pero también las podríamos descomponer para revelar múltiples capas de organización: el río Atrato nace en las montañas del Chocó, donde se encuentran algunos de los sitios más lluviosos del mundo, y desemboca en el mar Caribe. Las aguas del delta (parte terminal) del río se extienden por cerca de un centenar de kilómetros, bañando con sus aguas dulces tanto lagunas, como humedales y manglares. Los manglares en bocas del río Atrato ocupan un área extensa y dentro de ella se mantiene, a su vez, una cadena productiva: 20 toneladas de hojas, madera, semillas y flores caen en una hectárea cada año, materia que se descompone o es transportada al mar, produciendo un gran caldo de cultivo, rico en fósforo y proteínas, que alimenta a los peces, cangrejos y camarones que pasan una parte de su vida entre las raíces del manglar. Estos animales son la principal fuente de alimento para alrededor de cuatrocientas personas que dependen de la pesca artesanal en el corregimiento de Bocas del Atrato, quienes utilizan variables físicas y biológicas para entender el comportamiento, estado y manejo del recurso de los peces (15).

Figura 3. a) La desembocadura del río Suriquí en el Golfo de Urabá es el punto más sureño del mar Caribe colombiano. El brazo oriental recibe las aguas que drenan parte de la planicie costera de Antioquia y el brazo occidental recibe las aguas de los humedales de la planicie de inundación del río Atrato. b) Uno de los brazos (bocas) del delta del río Atrato, el cual nace en el departamento del Chocó.

Fuente: .

 

Estos pescadores, a su vez, “han sido sometidos al desarraigo de sus lugares de origen y obligados a vivir en las márgenes de un territorio disputado por la agroindustria, la ganadería, los grupos armados y los ambientalistas” (16). Por estas y otras problemáticas, la Sala Sexta de Revisión de la Corte Constitucional emitió la Sentencia T-622/16, en la cual “se reconoce al río Atrato, su cuenca y afluentes como una entidad sujeto de derechos a la protección, conservación, mantenimiento y restauración a cargo del Estado y las comunidades étnicas” (17). Lo anterior indica que la naturaleza de los manglares del Caribe sur es “libre de escala”, de modo que las redes emergentes pueden existir en dimensiones biológicas, sociales, económicas, políticas y jurídicas simultáneamente, en arreglos topológicos similares. Los mangarles son, entonces, la base para la identidad biológica y social de la costa de Urabá y del Caribe sur.

Para explicar estas ideas, podríamos mencionar como ejemplo el proyecto Coastmap / Cartocosta (18), financiado por agencias internacionales para que comunidades locales (principalmente pescadores y sus familias) ayuden a construir mapas de código abierto de su territorio, del cual los manglares son parte constitutiva. Entonces, los manglares les han dado identidad no solamente a las comunidades de la costa de Urabá, sino a la Universidad y a los jóvenes “mapeadores” o cartógrafos. Además, a través de estos mapas se ha conseguido que estas comunidades, junto con los ecosistemas con los que coexisten, sean reconocidos ante el mundo. Esto explica por qué planteamos que la naturaleza de los manglares del Caribe sur es “libre de escala” y genera redes emergentes en múltiples dimensiones (figura 4).