Revista XXVI No. 1 de 2019

José Luis Villaveces: Literatura y Ciencia

José Luis Villaveces: Literatura y Ciencia

José Luis Villaveces: Literatura y Ciencia

Diego Chavarro PhD – Subdirector de Proyectos de ACAC

 

José Luis fue, para mí y para toda una generación de químicos y estudiosos de la ciencia y la tecnología, un mentor. Nos enseñó a amar el conocimiento, a debatir con respeto, a hacer investigación de calidad, a resolver los problemas de manera inteligente y a dar primeras, segundas y terceras oportunidades. Yo conocí a José Luis por mi ingreso al Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, institución en la que empezó mi interés por los datos, la información y la investigación. La primera vez que me reuní con José Luis me sentía nervioso porque su presencia infundía respeto y su elocuencia admiración. A él le gustó que yo estuviera estudiando literatura y que fuera también desarrollador de software. Cuando supo que mi tesis de literatura iba a ser sobre José María Vargas Vila, me dijo que le interesaba mucho leerla y que la esperaba a más tardar en seis meses. ¡Y yo que estaba dudando si terminar literatura! Gracias, José Luis, ese fue un gran impulso para graduarme.

 

 

José Luis fue un gran apoyo para mí durante mi carrera. A través del OCyT me apoyó para entrar al programa Jóvenes Investigadores y confió en mí para ser líder de un proyecto con fondos internacionales. También me defendió cuando expresé mis puntos de vista críticos sobre la medición de grupos de Colciencias y me apoyó para asistir a congresos que jugaron un papel importante en mi formación. Además, me dio la oportunidad de trabajar con él en la Vicerrectoría de Investigaciones de los Andes, donde logramos construir una política de investigación que hoy se ve reflejada en el buen desempeño de esta universidad.  Gracias por confiar en mí, José Luis.

 

 

José Luis tenía una mente privilegiada. En numerosas ocasiones me sorprendió por sus puntos de vista, que parecían ir en contra de las opiniones predominantes. Por ejemplo, una vez nos dijo en el OCyT que era muy importante que empezáramos a publicar en revistas de investigación. La reacción general fue que no debíamos publicar, a no ser que tuviéramos algo muy bueno qué publicar, que no había que “publicar por publicar”. “Todo lo contrario”, dijo José Luis. “’¿Cómo van a lograr publicar algo bueno si no practican?” Luis y yo tomamos ese consejo muy en serio, y hoy continuamos publicando sabiendo que siempre habrá oportunidades para mejorar.

 

 

En otra ocasión yo intenté ingenuamente corregir a José Luis. Le dije que no utilizara el término “literatura” para referirse a la literatura científica, pues la literatura es otra cosa. José Luis, sabiamente, me hizo entender que la ciencia también es un cuento que hay que saber contar. Su forma de leer literatura me abrió los ojos a la conexión entre literatura y realidad. Recuerdo que en alguna reunión yo planteé mi admiración por haber leído que Craig Venter estaba diseñando bacterias con la capacidad de sintetizar cualquier producto, incluyendo petróleo. Que pronto lograríamos incluso vencer todas las enfermedades y hasta lograr la inmortalidad. José Luis me miró con ojos de quien ha escuchado esto antes, y me dijo: “¿has leído Frankenstein?” Yo le repondí que sí, que claro, pero no lo había leído. Salí de la reunión directo a la librería y me compré el Frankenstein de Mary Shelley y entonces entendí que Frankenstein plantea los grandes dilemas éticos y políticos de la ciencia.

 

 

Una última referencia literaria. José Luis se reunía cada cierto tiempo con todos los decanos de la Universidad de los Andes. En cada reunión se hacía un acta que debía ser leída y aprobada en el siguiente comité. José Luis sospechaba que los decanos no se estaban leyendo las actas, así que imaginó una forma muy ingeniosa para comprobarlo. En una de estas actas incluyó un fragmento de Caperucita Roja. Cuando llegó la reunión, preguntó a los decanos si estaban de acuerdo con el acta y si había algún comentario. Todos de acuerdo y ningún comentario. José Luis tomó el acta y leyó la parte en que el lobo se come a la abuela de caperucita y preguntó: ¿también están de acuerdo con esto? El rubor apareció en la cara de todos los miembros del comité. Podría contar muchas anécdotas más que siempre han estado conmigo, porque cada una de ellas me enseñó algo de la vida. Simplemente quiero agradecer el haber tenido la oportunidad de conocer y aprender de esta gran persona que hace ahora parte de mí y de tantos otros como yo.

 

 

 

 

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